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Las proposiciones de las plataformas

Las proposiciones de las plataformas

Ensayo de Joshua Noble, cortesía para la edición +CODE 2018.

Traducción por Chelsea Bailey

 

En un ensayo, brillantemente titulado “Seguro, todos pueden ser un artista…pero solamente un artista llega a ser el tipo que dice que todos los demás son artistas”,  Bill Arnings escribe sobre la venta de pasteles que la artista Elaine Tin Nyo hizo en la ciudad de Nueva York, en la Galería Deitch Projects. Un grupo de artistas invitados horneó tortas, galletas y dulces; Tin Nyo junto con otros curadores y artistas los vendieron a los visitantes de la muestra.

“Las ventas de pasteles son, por supuesto, una manera típica de recaudación de fondos en las pequeñas ciudades de Estados Unidos recaudar fondos para modestos proyectos de mejoras cívicas. El mundo del arte suele recaudar sus fondos con fiestas de gala, celebridades y exitosas subastas. La confusión entre los estilos para recaudar fondos no llega a desprestigiarlos, sino que nos recuerda que el arte es una actividad que sucede en una red de otras actividades dignas y que sus sistemas de promoción y auto sustento son tan raras y tan normales como hornear y vender un pastel para pagar por un nuevo uniforme de futbol”.

Arnings considera a la generosidad, junto con la convivencia de las prácticas de dar e invitar, como un espejo de nuestra bondad fundamental, la caridad, la decencia; un poderoso contrapeso al cinismo del mercado de los que buscan atención y ven al arte como producto. La implicancia de resaltar los mecanismos y conexiones por las cuales sobrevivimos y mediante las que intercambiamos materiales y acciones, como diferentes redes valúan y promulgan valor, es un acto artístico que nos cuestiona profundamente sobre quienes somos y qué mecanismos usamos para relacionarnos unos con otros. Propone un modelo promulgándolo, sin criticar explícitamente  el existente pero preguntándose cómo luciría otro modelo.

Esto invita a la a menudo ignorada pero inconfundiblemente discordante vista antropológica sobre la pieza de arte que cuestiona: “¿Qué propósito cumple ésta en relación al amplio sistema en el que surge?” ¿Cómo es que eso que contiene a la obra la moldea? No es simplemente el espacio físico o institucional, sino la perspectiva más amplia la que asigna valor, permitiendo algunos tipos de participación al mismo tiempo que desalienta, vacía de sentido o simplemente proscribe a otros. Una galería está sobre una calle, en un barrio, en una ciudad, como parte de una red junto con otras galerías, conectadas a Internet, parte de un sistema de promoción y capital de atención, un motor económico, un empleador. Divorciar a la entidad de todos sus significados es imposible. ¿Por qué el arte sería diferente?

El uso-valor de la obra es la sombra oscurecida que acecha por debajo del aparente significado, pero que rara vez es mencionado entre gente amable. En cambio, en el capitalismo, si uno no aborda explícitamente su uso-valor, uno le será felizmente asignado. Como le dijo el coleccionista de arte estadounidense Donald Rubell al New York Times: “la gente ahora se está dando cuenta que el arte es una moneda internacional”. En el desarrollado Occidente las cosas no existen por fuera de la información capitalista o la atención económica por accidente. Siempre vale la pena preguntar, a cualquier objeto de arte: ¿Qué uso se le dará dentro de los regímenes que permiten su existencia?

En 1980 el tecnólogo Langdon Winner escribió en su ensayo “¿Los artefactos tienen política?”:

“Lo que vemos es un continuo proceso social en donde el conocimiento científico, la invención tecnológica, y la ganancia corporativa se fortalecen entre sí, dentro de patrones profundamente arraigados que soportan la inconfundible impronta del poder político y económico…Es en la cara de estos patrones sutilmente arraigados, que los oponentes de innovaciones tales como la cosechadora de tomates, son vistos como “anti-tecnológicos” o “anti-progresistas”. Para el cosechador de tomates no solamente es el símbolo de un orden social que premia a algunos mientras castiga a otros; es en verdad, la encarnación de ese orden”.

Bracket de Joshua Noble

 

Todo lo construido es una expresión de la cultura que lo crea, ya sea esa obra de arte o un salero. Entonces cuáles son las obras que expresan el exceso de información, la inseguridad económica, la difusa y desencarnada identidad, la lógica estructurante de lo que Benjamin Bratton llama “The Stack” (El apilamiento). El arte computacional, siendo el arte que dirige explícitamente su conexión a la realidad computable y a la maquinaria que crea esa realidad, quiere posicionarse como ese tipo de obra de arte. Pero ¿Qué es el arte computacional? ¿La expresión de una ecuación? ¿La conclusión lógica de un método? ¿El objeto de un proceso? En las tempranas “obras computacionales” fundacionales de los 70’s y 80’s, son todo lo mencionado anteriormente. Y en esta formulación de hacer obras de arte, a pesar de toda la libertad de trabajo que se le otorga al artista, hay sorprendentemente poco espacio para inventar, inspirar, sugerir otra cosa que no sea el rechazo del trabajo y lo artesanal, y un abrazo claustrofóbico al procedimiento y la automatización. La posibilidad del arte computacional está contenida en la expresión del medio en sí, en cómo las cosas pueden hacerse computables y a partir de la computación. Lo computacional es una abstracción hasta que es utilizado para estructurar al mundo. Cuando es usado para estructurar al mundo se convierte en elemento y sostén de la plataforma. La plataforma es la estructura que define valor, modera el intercambio, promociona contenido, y le da identidad a los agentes. Piensalo como un Facebook así como un Amazon o el sistema de una galería, o una religión. Es dentro de la noción de plataforma como trabajo -más que plataforma como herramienta para generar trabajo–  que vemos la promesa del arte computacional: una lógica alternativa de qué, cómo, por qué, podemos computar concepciones de nuestro mundo, de nosotros mismos, de cómo todo encaja.

Al igual que los aparentemente simples intercambios de Elaine Tin Nyo nos piden que pensemos en nuestra propia capacidad de generosidad y convivencia, las obras de arte basadas en plataformas nos piden que consideremos las posibilidades de ver por fuera del régimen de plataformas. Expresan la posibilidad y la proposición de cómo las cosas pueden encajar. El trabajo puede tender hacia la plataforma o puede tender hacia el contenido; en la lógica de la información abstracta no hay otro espacio, otra categoría reconocida, así que deberíamos preguntarnos: ¿Cuál debemos captar con mayor urgencia? ¿Hacer cosas para las plataformas o hacer las plataformas en sí?

Remote Install / Installation of Software Art as Software Art Installation, 2013, Julian Oliver

 

La característica más significativa de la plataforma es lo ineludible que es, la inevitabilidad de su lógica, que estructura no solamente una forma de hacer algo, si no la idea de la cosa en sí misma. La plataforma no quiere ser una dentro de varias maneras de descubrir algo, la plataforma quiere ser la esencia misma del conocimiento, una epistemología terminal. Proponer una alternativa, cualquier alternativa, es un acto de imaginación radical y ficción, tan vital como cualquier otro. Porque a medida que las plataformas estructuran cada vez más nuestras redes, nuestras relaciones, nuestras posibilidades, la necesidad de simplificarlas y reducirlas a cantidades observables se vuelve más vital. Un trabajo computacional no necesita ser una plataforma en sí misma para proponer una forma de estar dentro de las plataformas, al igual que un trabajo basado en el intercambio no necesita ser una economía para proponer una forma de estar dentro de un régimen económico. Una venta de pasteles organizada desde uno de los nodos de influencia, en el enrarecido ambiente del mundo del arte permite poner en práctica una propuesta. Nos pide considerar el valor y el intercambio en la forma de un encuentro simple y abierto que se posiciona justo fuera del mismo, como una propuesta para interactuar de manera diferente unos con otros. Apuntar a ese espíritu proposicional de lo computacional significa cuestionar qué significa posicionarnos por fuera de la plataforma y ver cómo se ve el mundo desde ahí.

El arte de la proposición tiene una larga historia: los trabajos situacionistas de Guy Debord, las estéticas relacionales de Rirkrit Tiravanija, las exploraciones políticas de Tania Bruguera. Sin embargo, ninguno de estos trabajos tuvo acceso al incipiente realismo de la plataforma, la posibilidad de que cualquier proposición pudiera, en cualquier segundo, emerger al mundo real. Con un servidor y un smartphone, una red y acceso a algunos algoritmos de aprendizaje automático y una tarjeta de crédito, cualquier cosa podría convertirse en algo tan real como cualquier otra cosa en este mundo. Este es un elemento vital de la propuesta de la plataforma como herramienta para una obra de arte: requiere mucho tiempo crear un mundo, requiere mucho tiempo expresar un mundo, requiere mucho tiempo introducir a alguien a un mundo, para proponer no sólo como funciona algo singular, sino cómo funciona un sistema y qué significa ese sistema para los humanos dentro suyo. Crear una propuesta de un mundo requiere pedir prestado todo del mundo, lo que es implicar al mundo, mientras se reemplaza ese elemento único que nos permite ver que ya no estamos en el mundo tal cual es, sino en un mundo que podría llegar a ser. Esto no es distinto del relato mitificador de cualquier empresa: “Este es el mundo, normal y reconocible, excepto por esta diferencia”. La era del aceleracionismo siempre nos está empujando hacia adelante, estamos siempre viviendo en un futuro recién llegado. Adoptar esa disonante “no del todo aquí”-ismo, significa aceptar lo “no del todo realista” de la propuesta o lo “todavía no real” más sustancial de los videos del tipo Kickstarter y software beta. La importancia de la proposición de la plataforma es ayudar a crear pequeñas intervenciones alternativas dentro de la lógica de la plataforma, el acuerdo de la realidad que requiere, y para ayudarnos a ver en que se están convirtiendo esas plataformas y cómo nos convertimos en parte de ellas.

LAUREN. A human smart home intelligence. 2017. Lauren Mccarthy

 

Uno no sabe de qué tipo de tecnología se trata verdaderamente hasta que se ve el tipo de sociedad que esa tecnología necesita para estar completamente realizada. Hay mucho más por explorar que solo la parte computacional que construye la plataforma o el funcionamiento interno de la plataforma en sí, está el pequeño pero urgente tema sobre qué significan estas plataformas en nuestra sociedad y, aún más vital, cuales son las plataformas alternativas que podríamos llegar a necesitar. Uno de los extraños privilegios atribuidos al arte de origen comunitario, es la posibilidad latente de que puede existir por fuera del capitalismo como lo conocemos. El diseño surge de la producción industrializada, la arquitectura está casada con el gobierno y el estado, la mayoría de las formas de creatividad organizada están, de una forma u otra, inextricablemente sujetas a las lógicas que las restringen. La lógica que une a las obras y a los humanos a su alrededor, siempre está predispuesta al debate, siempre es negociable. Así que seguramente, solo un artista llega a ser el artista que hace la proposición pero cualquiera puede levantar una buena proposición y aplicarla, y en eso podemos ver de forma notable una forma justa y generosa de crear y participar en el arte, en eso hay un vehículo para el optimismo y la esperanza.

 

Sobre Joshua Noble

Es diseñador de interacción, profesor y tecnólogo. Autor de los libros Programming Interactivity, Arduino in action, Exploring Cinder: Computer Vision and Kinect, ha publicado en Rhizome, Creative Applications, The Creators Project y ha realizado conferencias en Eyeo, Resonate, Adobe Max, entre otros.

http://thefactoryfactory.com

 



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